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Pasajes a Cuba

El cine cubano evolucionó desde 1897 hasta convertirse en un poderoso vehículo de la identidad nacional. A pesar de la pérdida de la mayor parte de su era silente, el ICAIC estableció una escuela de documentales de renombre mundial, trascendiendo los controles del mercado. Con pilares como Memorias del subdesarrollo y Fresa y chocolate, esta industria demostró que el cine educa y populariza ideas, tendiendo un puente entre la esencia histórica y la era digital.

Cine

El lente narrativo: una memoria visual (1897-2000)

Gabriel Veyre, un representante de la Compañía Lumière de París, llegó a La Habana procedente de Veracruz el 18 de enero de 1897. Trajo el cine a Cuba apenas dos años después de su aparición en París el 13 de febrero de 1895. Un periódico local informó sobre el evento como "fotografías móviles de tamaño natural proyectadas sobre un lienzo cuadrilátero".


Con sus orígenes en la proyección de imágenes fijas en la segunda mitad del siglo XIX, el cine en Cuba reflejó y documentó gráficamente la historia nacional. Reflejando los acontecimientos cubanos y, considerando los desarrollos en la tecnología de producción y la comercialización, podemos dividir la historia del cine en Cuba en tres períodos: de 1897 a 1933, correspondiente al cine silente; de 1932 a 1959, para el cine sonoro anterior a la Revolución cubana; y desde 1959 hasta el presente. Según los datos, aunque no exactos, respecto a los dos primeros períodos, la producción cinematográfica en Cuba creció constantemente tanto para películas de ficción como para documentales.


La incertidumbre en las cifras de la producción entre 1897 y 1959 se debe a la pérdida de una buena parte de los materiales, así como a la dispersión o ausencia de información. Se estima que el 85% de las películas han desaparecido. De la fase silente, solo se conservó el documental de 1906 de Enrique Díaz Quesada, El parque de Palatino, junto con porciones de otros documentales para un total de menos de una docena. De la producción de ficción se conservan La Virgen de la Caridad de 1930, y porciones de El veneno de un beso, ambas dirigidas por Ramón Peón. En 1928, la crítica y las reseñas de cine, de la autoría de José Manuel Valdés Rodríguez, comenzaron a aparecer en La Revista de la Habana.


El 7 de febrero de 1897, un mes después de que Veyre introdujera el cine en La Habana, se filmó en Cuba el cortometraje Simulacro de incendio. Los bomberos de La Habana y María Tubau, una actriz española muy admirada por la Reina que se encontraba de visita en la capital de Cuba, aparecieron en este cortometraje.


En 1898, el cine también llegó a Santiago de Cuba de la mano de camarógrafos norteamericanos, especialistas de Vitagraph, quienes acompañaban a los Rough Riders de Teddy Roosevelt. Ellos estaban encargados de filmar escenas de las batallas (fotogramas o vistas cinematográficas), ahora conservadas en Washington, D.C., en la Biblioteca del Congreso. El director de cine cubano Pastor Vega utilizó algunas de sus tomas en su documental ¡Viva la República!.


Estos camarógrafos de Vitagraph realizaron las películas Tearing Down the Spanish Flag y Fighting with Our Boys in Cuba. Una vez de regreso en Nueva York, se les preguntó si habían filmado la batalla naval entre las escuadras española y norteamericana en Santiago de Cuba, y respondieron afirmativamente, originando así lo que se considera el nacimiento de la industria de los efectos especiales. En Chicago, con la ayuda de Edward H. Amet, compraron tarjetas postales de los buques de guerra españoles y de los Estados Unidos que habían participado en el enfrentamiento naval. Los hicieron flotar sobre corchos en una bañera y, con un poco de agua en movimiento y una pequeña cantidad de pólvora para simular explosiones y humo, se "recreó" una batalla que fue tomada como legítima.


Tanto por el cortometraje de Tubau y los bomberos en La Habana como por las filmaciones norteamericanas en Santiago de Cuba, el cine cubano tuvo dimensiones políticas desde sus inicios. Esta naturaleza política no se perdió en los años subsiguientes, aunque su función propagandística se desplazó cada vez más para incorporar productos comerciales.


En febrero de 1898, equipos norteamericanos filmaron el funeral de las víctimas del acorazado Maine (Burial of the Maine Victims), cuyo velatorio se llevó a cabo en el Ayuntamiento de La Habana. Se realizaron otras dos películas de Edison sobre este período del preludio de la guerra: Wreck of the Maine y Cuban Refugees Waiting for Rations.


Todo este interés en el Maine, el cual ha continuado a través de los años tanto en los Estados Unidos como en Cuba y otros países, tuvo su origen en todas las conjeturas respecto a la causa de la explosión que llevó a su hundimiento en la bahía de La Habana. Georges Méliès en Francia reconstruyó escenas de la explosión. En 1912, equipos norteamericanos y cubanos (Enrique Díaz Quesada y José G. González) filmaron el rescate de los restos del gran buque y su traslado a su lugar de descanso final en alta mar. Otro proyecto de Edison fue un cortometraje sobre las tropas norteamericanas marchando en La Habana en 1899: General Lee's Procession, Havana.


La personalidad más destacada de este primer período, es decir, del cine silente, fue el ya mencionado Enrique Díaz Quesada. Además de varios documentales, se le atribuye el cortometraje de ficción Un duelo a orillas del Almendares en 1907, y el primer largometraje de ficción Manuel García o El rey de los campos de Cuba (1913). Con la colaboración de Díaz Quesada, el actor José E. Casasús realizó la mismísima primera película cubana, un cortometraje de naturaleza comercial titulado El brujo desapareciendo en 1898. Casasús fue también el primero en llevar el cine (junto con la electricidad) a los pueblos del interior de Cuba.


Hasta el final de la Primera Guerra Mundial, las películas realizadas por compañías europeas, francesas e italianas —los principales productores mundiales en ese momento— dominaron el mercado cubano. En 1908, una empresa conocida como Santos & Artigas, formada por Pablo Santos y Jesús Artigas, emprendió un serio intento de hacerse con el control de la producción y exhibición de películas en Cuba. Con Díaz Quesada como su director, marcaron la pauta para el cine en Cuba hasta aproximadamente 1920. Santos & Artigas comenzaron su asociación con el cine en Cuba en 1905 como representantes de la firma Gaumont, pero en 1908 fundaron la Habana Film Company (Compañía Cinematográfica Habanera), y en 1910 expandieron sus intereses, junto con Díaz Quesada, al incorporar la producción cinematográfica.


De esa sociedad surgieron algunas de las películas mencionadas anteriormente, y otras más, incluyendo: Salida de las tropas para Santiago de Cuba durante la Guerra Racista, también conocida como La campaña (1912); la serie titulada Riquezas de Cuba, centrada en la industria azucarera (1913); el largometraje El Capitán Mambí o Libertadores y guerrilleros (1914); La manigua o La mujer cubana (1915), que estableció un récord de asistencia en su debut; El rescate del Brigadier Sanguily (1916); El tabaquero de Cuba y El capital y el trabajo (1917). Todos estos títulos muestran el interés por hacer películas con un argumento cubano, un evidente interés en los temas históricos y sociales.


En 1915 se estableció en Cuba la Caribbean Film Company, una distribuidora de "Paramount", dando inicio a lo que condujo al control de Hollywood sobre el mercado cubano. La oportunidad se creó con el inicio de la Primera Guerra Mundial y una caída en las producciones cinematográficas en Europa. En ese contexto, en abril de 1915, Díaz Quesada filmó la pelea de Jack Johnson con Jess Willard en La Habana. Se firmó un contrato entre Santos & Artigas y Jack Johnson, un boxeador negro, para filmar su encuentro con Willard, un boxeador blanco. El contrato fue cancelado posteriormente antes de la pelea, pero Díaz Quesada logró filmarla de todos modos, dejando así evidencia irrefutable del hecho de que la pelea había sido vendida. Johnson demandó a Santos & Artigas por medio millón de pesos (moneda cubana), pero el tribunal falló a favor de los empresarios. La película no pudo ser exhibida en los Estados Unidos, pero se mostró en Inglaterra. En una película de 1970 sobre Willard, The Great White Hope, se confirma que Johnson había vendido los derechos para filmar la pelea.


En 1916, uno de los cines más grandes de La Habana, el Campoamor, proyectaba únicamente películas norteamericanas, sin gran éxito —debemos añadir— debido al rechazo popular hacia las películas del tipo de "vaqueros e indios". Estas disfrutaron de gran popularidad años más tarde, cuando el cine europeo, ya en crisis, perdió a sus públicos.


Otro ejemplo del choque de intereses por parte de los Estados Unidos, no solo con los productores europeos sino también con los productores cubanos, tuvo lugar en enero de 1916 con la película El rescate del Brigadier Sanguily, producida por Santos & Artigas y Díaz Quesada, la cual se estrenó con un día de diferencia respecto a la película de Edison Un mensaje a García. Ambas películas abordaban temas históricos. Esta última trataba sobre el patriota cubano, el Mayor General Calixto García. El gobierno municipal otorgó una medalla de oro a Santos & Artigas, pero la nominación de Edison no tuvo éxito debido a que aquellos que afirmaban que la película falsificaba la historia convencieron al Alcalde de La Habana de retener el premio. En 1936, 20th Century Fox lanzó una nueva versión de la película, A Message for Garcia, protagonizada por Wallace Beery y Barbara Stanwyck.


Pero de hecho, el control del mercado cinematográfico cubano se estaba trasladando de manos cubanas a norteamericanas. En 1914, ocho de las catorce firmas que operaban en Cuba eran italianas, y solo una era norteamericana. Esos eran años en los que el público prefería a Francesca Bertini o a Pina Menichelli.


Una vez que Paramount se estableció en Cuba, otras la siguieron: Fox Film (1915), United Artists of Cuba (1921), Metro-Goldwyn-Mayer (1923), First National Pictures (1925, una subsidiaria de la compañía que se convirtió en Warner Bros.) y Columbia Pictures (1931). Surgieron nuevos intereses con el aumento de la actividad entre Cuba y Hollywood: Gloria Swanson filmó en La Habana, y el compositor cubano Ernesto Lecuona viajó a Hollywood en dos ocasiones para escribir música para películas. Una de las películas de Lecuona fue Cuban Love Song de Metro, con Lawrence Tibbett y Lupe Vélez en los papeles principales.


En 1919, la prolífica unión de Santos & Artigas y Díaz Quesada se disolvió. Los empresarios abandonaron el cine para dedicarse a la promoción de los deportes, el teatro y el circo. Díaz Quesada, el gran pionero y el director más importante de las primeras décadas de la historia del cine cubano, rodó su última película silente, Arroyito (el nombre de un bandido), en 1922, un año antes de su muerte. Ese mismo año, un incendio destruyó los negativos de casi todas sus películas, incluido un trabajo inacabado sobre la vida del héroe nacional cubano Antonio Maceo, El Titán de Bronce.


En febrero de 1926, el norteamericano Lee De Forest mostró su sistema Phono-Film de cine sonoro en el Teatro Nacional, con la asistencia del presidente cubano Gerardo Machado, quien lo apoyó con un crédito de 50,000 dólares para un cortometraje musical con artistas nacionales. La película presentada fue Don Juan con John Barrymore y Mary Astor, seguida por The Jazz Singer, en 1928, con Al Jolson. Sin embargo, la producción de cine silente continuó en Cuba, culminando en 1930 con La Virgen de la Caridad, un largometraje dirigido por Ramón Peón, la única película que se ha conservado hasta el presente. Ramón Peón se convirtió en la principal personalidad de la producción cinematográfica en Cuba durante las siguientes décadas.


Los cubanos realizaron las primeras películas sonoras en el país en 1932, con equipos traídos de los Estados Unidos. Max Tosquella dirigió el primer documental, Maracas y bongó. El primer largometraje sonoro cubano fue La serpiente roja, dirigido por Ernesto Caparrós. Se estrenó el 19 de julio de 1937. Su argumento fue tomado de una exitosa aventura radial escrita por Félix B. Caignet.


En sociedad con otros inversionistas, Ramón Peón fundó Películas Cubanas S.A. en 1938, con fondos que ascendían a 350,000 dólares, incluyendo un subsidio gubernamental de 60,000 dólares. La compañía fue eximida de impuestos por 10 años y de derechos de aduana sobre equipos de producción e insumos importados por cinco años. Esta empresa quebró en 1940 después de rodar ocho películas, entre ellas: El romance del palmar y Sucedió en La Habana, dirigidas por Peón; Cancionero cubano, Estampas habaneras, Mi tío de América y La última melodía, de Jaime Salvador. La música cubana desempeñó un papel significativo tanto en el contenido como en los materiales publicitarios de las películas. Los argumentos sociohistóricos prácticamente desaparecieron en favor del entretenimiento y los asuntos triviales.


También en 1938, el Partido Comunista fundó Cuba Sono Films, productora de documentales, así como de dos cortometrajes de ficción y del Noticiero Periódico Hoy. Esta compañía dejó de existir en 1948. La mayoría de sus películas se han perdido. Tres películas soviéticas se proyectaron en Cuba bajo los auspicios del partido: El acorazado Potemkin (1927), El fin de San Petersburgo y La nueva Babilonia (1930). En 1941, 19 películas soviéticas fueron prohibidas por la Comisión Revisora de Películas, incluyendo Potemkin, Alejandro Nevski, Pedro el Grande y Los diez días que estremecieron al mundo. Más tarde, el Partido Comunista logró crear una compañía distribuidora de películas, Blue Ribbon Films, que operó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Para ese momento, solo las películas norteamericanas se distribuían en los cines de estreno, mientras que las películas mexicanas y argentinas se mostraban en los cines de barrio. Los acuerdos comerciales habían reducido significativamente los aranceles sobre estos productos.


En 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, se permitió la exhibición de películas soviéticas, mientras que la compañía distribuidora de cine español CIFESA, S.A. fue incluida en la lista negra por los Estados Unidos (y Cuba) debido a su colaboración con los países fascistas.


En 1943, se creó la Filmoteca de la Universidad bajo la dirección de José Manuel Valdés Rodríguez. El primer filme adquirido fue el clásico Alejandro Nevski. También se proyectó Lo que el viento se llevó de Victor Fleming. Estos fueron los tiempos de la filmación de El romance del palmar y de Embrujo antillano (1941), una coproducción con México. Asimismo, A la Habana me voy (Weekend in Havana), con Alice Faye, hizo su debut en La Habana, y el cantante y actor mexicano Tito Guízar fue rodeado por una multitud de fanáticos.


En la década de 1940 se construyeron dos de los cines más hermosos de La Habana: el América, de estilo art déco, en 1941, y el Warner (hoy llamado Yara) con 1,650 lunetas de platea en el Edificio Radiocentro en 1947. El América se inauguró con All This and Heaven Too, protagonizada por Bette Davis y Charles Boyer. Juan Orol, un director mexicano, produjo su primera película cubana, Siboney (1939), y descubrió a varias "estrellas" que pasaron a tener carreras exitosas en el cine mexicano: las actrices y rumberas cubanas Rosa Carmina, María Antonieta Pons, Blanquita Amaro y Mary Esquivel. Louis B. Mayer y George L. Schaefer, de RKO Radio Pictures, y Spyros Skouras, fueron algunos de los importantes ejecutivos de Hollywood que visitaron La Habana durante estos años. Las películas cubanas de la época fueron Dos cubanos en la guerra, protagonizada por los populares actores Alberto Garrido y Federico Piñeiro, con guion de Carlos Robreño (1942); Hitler soy yo, dirigida por Manolo Alonso (1944); y el primer largometraje realizado en Santiago de Cuba: S.O.A. (Sin otro apellido). Todos ellos, como la mayoría de las producciones cinematográficas de este período, fueron considerados mediocres, así como la coproducción cubano-argentina A La Habana me voy, protagonizada por Blanquita Amaro. Durante 1950-1951, con no mucha más aceptación del público, tuvieron su recorrido las películas Cecilia Valdés, Ídolo de multitudes, Paraíso encontrado, Escuela de mujeres y Música, mujeres y piratas.


El incansable José Manuel Valdés Rodríguez, insultado por el mal gusto imperante, comenzó y supervisó un programa cinematográfico en la Universidad de La Habana durante las sesiones de verano de 1942 a 1957.


Las producciones de los noticieros cinematográficos fueron más sistemáticas y competentes durante las décadas de 1940 y 1950 bajo la influencia de dos actores principales: Manolo Alonso, quien casi monopolizó tanto la producción como la distribución de los noticieros y, en la década de 1950, Eduardo "Guayo" Hernández. Otras compañías de noticieros aparecieron y desaparecieron a lo largo de estas décadas. Una empresa exitosa fue la de un editor del "Noticiero Royal News-R.H.C.-El País-Cadena Azul", Luis R. Molina, quien viajó a los Estados Unidos para filmar la Serie Mundial de 1941 y mostrar los juegos en La Habana apenas 20 horas después de haber tenido lugar.


A finales de marzo de 1942, Manolo Alonso comenzó a producir el Noticiero Nacional, el cual poco después se exhibía en 72 cines de La Habana y en 178 salas de cine en el resto del país. Alonso demostró rápidamente ser un empresario capaz e inescrupuloso. La película virgen, que provenía de los Estados Unidos, escaseaba debido a la guerra, pero Alonso logró que el presidente Grau San Martín solicitara rollos con el fin de filmar el funeral del presidente Franklin D. Roosevelt, material que debía compartirse equitativamente con Molina; sin embargo, Alonso, actuando en colusión con la agencia gubernamental encargada de la distribución de películas, recibió un lote mayor. En 1947, logró comprar Royal News, su principal rival, y también adquirió una productora con el propósito de transformarla en los estudios nacionales de cine. En 1950 produjo el largometraje Siete muertes a plazo fijo y en 1953 Casta de robles.


Una red de salas de cine, presupuestos gubernamentales y subsidios para propaganda comercial y política sostenían su noticiero. En 1946 recibió del presidente Grau San Martín 100,000 pesos para su proyecto de cine cubano y, en 1951, 400,000 pesos de varios fondos designados de la lotería nacional. Luego, un año más tarde, informó que había invertido 540,000 pesos pero que los estudios de cine aún no estaban terminados y el equipo le pertenecía a él. El Estado valoró el proyecto inacabado en 240,000 pesos y verificó que 250,000 pesos se habían evaporado.


Pasando del proyecto de Alonso, el gobierno creó la Comisión Ejecutiva para la Industria Cinematográfica y nombró a Ramón Peón como administrador. Se le otorgaron fondos para realizar películas tales como Sandra, la mujer de fuego, Más fuerte que el amor y Ángeles de la calle. Este proyecto para crear una industria cinematográfica nacional también fracasó.


Luego, en 1954, Guayo Hernández fundó la compañía de noticieros Noticuba, dedicada a la producción de documentales por encargo, la mayoría de ellos propaganda gubernamental. Algunos llegaron a las salas de cine en Miami, Cayo Hueso y Tampa. En 1958, Guayo preparó un reportaje sobre el Ejército Rebelde de Fidel Castro, titulado Sierra Maestra. Se exhibió en 1959, con una reedición retitulada De la tiranía a la libertad.


La década de 1950 comenzó con la creación de una institución de gran importancia para la cultura cubana, incluyendo su cine: la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, precursora de la actual Cinemateca de Cuba. Promovió debates y conferencias sobre el cine, y publicó un boletín (Boletín de Cine). En enero de 1955, el documental El Mégano, realizado por unos jóvenes de Nuestro Tiempo y dirigido por Julio García Espinosa, se proyectó en la Universidad de La Habana, donde José Manuel Valdés Rodríguez presentaba con éxito las mejores películas y promovía debates cinematográficos. Al día siguiente de la noche de estreno, las fuerzas opresoras del dictador Fulgencio Batista incautaron uno de los negativos de El Mégano, ya que este documentaba y denunciaba las miserables condiciones de vida de los carboneros cubanos en la región de la Ciénaga de Zapata. Tras el triunfo de la Revolución, dicha copia fue encontrada en las oficinas del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), una institución represiva de la dictadura.


El primer largometraje de ficción cubano en colores, El tesoro de la Isla de Pinos, también se realizó a mediados de la década de 1950, en coproducción con México. El cabo de San Antonio o Jocuma tuvo que ser proyectada clandestinamente porque denunciaba las condiciones de vida de los campesinos en el campo cubano. La película no fue aceptada por ningún cine y provocó la destrucción de las instalaciones de su productora, Mini Color S.A.


Pero el hecho que creó la mayor indignación estuvo vinculado al uso en el cine de la imagen de José Martí, el Apóstol de la independencia cubana en el siglo XIX. Existían amplios antecedentes para tal controversia. En 1942, la película La que se murió de amor, dirigida por Jean Angelo, fue prohibida por la Comisión Revisora de Películas por no respetar debidamente la imagen de una figura tan respetada. Su exhibición fue finalmente autorizada en 1945 bajo el título de Martí en Guatemala. Dado que en 1953 se conmemoraba el centenario del nacimiento de José Martí, se creó una "Comisión Nacional por el Centenario de José Martí". La compañía cinematográfica estatal Antillas S.A. fue encargada de la producción de películas sobre Martí. Se realizaron cortometrajes como Los zapaticos de rosa, Martí, mentor de juventudes y Siguiendo la ruta de Martí. Un largometraje sobre la vida de Martí titulado La rosa blanca, coproducido con México bajo la dirección del reconocido cineasta Emilio (el Indio) Fernández, tuvo sus propios problemas. No se tardó en descubrir que parte de los fondos reservados para su producción habían desaparecido, mientras que las críticas que alegaban un maltrato a la imagen de Martí se sumaron al problema. Se estrenó el 11 de julio de 1954 en el cine Radiocentro (antiguo Warner). Ese mismo año, el Departamento de Cine de la cadena de radio y televisión CMQ se encontraba filmando La leyenda del bandido como parte de la serie televisiva Humo del recuerdo.


Este período terminó con la realización del documental Struggle for Freedom in the Cuban Jungle por el periodista norteamericano Bob Taber. Fue transmitido por la televisión estadounidense en diciembre de 1957, descartando los informes previos sobre la muerte de Fidel Castro y el fracaso de la lucha armada contra el dictador Batista.


En 1958, había 30 circuitos cinematográficos en Cuba con 170 salas de cine y una capacidad de 167,081 lunetas de platea. Para entonces, se había construido en La Habana el espectacular cine Blanquita (hoy llamado Karl Marx) con una capacidad para 6,730 personas.


En materia de cultura, el cine estuvo entre los primeros asuntos abordados por el recientemente establecido Gobierno en enero de 1959. Ese mismo mes se creó una sección de cine dentro de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde, el inicio del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos o ICAIC, cuyos fundadores incluyeron a miembros de Nuestro Tiempo y colaboradores en la realización de El Mégano, tales como Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, Jorge Haydú y José Massip. Fue con ellos y con el ICAIC que comenzó la tercera etapa de la historia del cine cubano, la cual ha perdurado hasta el presente. En su discurso inaugural, Alfredo Guevara, el primer presidente del ICAIC, declaró, contrastando el nuevo proyecto con las empresas anteriores: No hay relación entre los usos de los medios técnicos cinematográficos al servicio de la propaganda típica o de los objetivos comerciales y el proceso cultural que ha dado origen al nuevo cine cubano.


En sus primeros trabajos, los directores del ICAIC estuvieron influenciados por el neorrealismo italiano y por otras tendencias contemporáneas importantes, pero no tardaron en encontrar su propia identidad, artística y conceptual. Sus producciones de ficción tuvieron sus inicios con la película Manuela (1966). Para este momento, los documentales cubanos ya habían sido reconocidos internacionalmente como la "escuela cubana del documental", entre cuyos logros se incluían la producción de noticieros y el cine infantil. Tras apenas 20 años, el ICAIC, una institución autofinanciada, había obtenido ganancias netas de 283 millones de pesos (2.3 millones en moneda dura), además de 10 millones provenientes del mercado nacional.


Tres documentales marcan el comienzo de la producción del ICAIC: Esta tierra nuestra de Gutiérrez Alea, y La vivienday Sexto aniversario de García Espinosa. En abril de 1959, un mes después de la fundación del ICAIC, se comenzó a rodar la película inglesa Our Man in Havana (Nuestro hombre en La Habana) con guion de Graham Greene y las actuaciones de Alec Guinness y Maureen O'Hara. Otello Martelli y Arturo Zavattini llegaron desde Italia para producir Historias de la Revolución, mientras Cesare Zavattini escribía el guion de El joven rebelde con García Espinosa. La colaboración internacional con el ICAIC ha sido desde entonces una fuente constante de proyectos maravillosos. En 1960, Manuel Octavio Gómez dirigió El agua, el primer filme didáctico del ICAIC, y Gutiérrez Alea comenzó uno de los grandes proyectos del cine cubano, Historias de la Revolución, junto con Cuba baila de Julio García Espinosa y El maná de Jesús de Armas, el primer dibujo animado del ICAIC. Se estableció la Cinemateca de Cuba bajo la dirección de Héctor García Mesa. Tras su muerte, Reynaldo González, periodista y novelista, asumió el cargo. En junio de ese mismo año, hizo su debut la primera edición del Noticiero ICAIC Latinoamericano, realizado por el gran documentalista Santiago Álvarez, y apareció el primer número de la revista Cine Cubano, dirigida por Alfredo Guevara.


El creciente interés por Cuba promovió nuevos proyectos y colaboraciones, tales como: Cuba, pueblo armado y Carnet de viaje del cineasta holandés Joris Ivens; Alba de Cuba y Lámpara azul del director soviético Roman Karmen; y Arriba el campesino y Al compás de Cuba del director italiano Mario Gallo. A su vez, los cineastas cubanos Gutiérrez Alea y Santiago Álvarez, utilizando material tomado de los noticieros del ICAIC sobre la fallida invasión de Bahía de Cochinos, realizaron Muerte al invasor, una película donde estos directores cubanos ofrecieron, por primera vez, los resultados de su trabajo como corresponsales de guerra. La película P.M., de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, provocó una controversia nacional tras ser presentada en la televisión, y fue prohibida por considerarse "lesiva a los intereses del pueblo cubano y de su Revolución".


Mediante el proceso de nacionalización de las empresas cinematográficas, que se extendió hasta 1965, el ICAIC obtuvo, amplió y mejoró los estudios en el antiguo Biltmore (Cubanacán), y se crearon nuevos espacios para la televisión cubana (1962), junto con secciones de cine en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER). En colaboración con otras instituciones y para consumo interno, las FAR produjeron noticieros, documentales y películas didácticas, e incluso series y largometrajes de ficción.


Los carteles del ICAIC alcanzaron tal calidad que marcaron una nueva concepción para el arte del afiche en Cuba, un arte que obtuvo reconocimiento internacional y premios en Cannes, París, Venecia, Canadá, Estados Unidos, España, Rusia (antigua Unión Soviética), Cuba y Japón. Estas serigrafías cuelgan hoy en muchas galerías y museos de renombre mundial. El primero de esos galardones fue un Diploma de Mérito ganado por el cartel de la película Harakiri en la Exhibición Internacional de Carteles de Ceilán.


Otras colaboraciones internacionales incluyeron: Soy Cuba (con los soviéticos, 1964); el documental Saludos cubanos(con la directora francesa Agnès Varda, 1963); el mediometraje Ellas (con el director danés Theodor Christensen) y el largometraje El otro Cristóbal (con el director francés Armand Gatti), la primera película "cubana" inscrita en el Festival de Cine de Cannes. Historia de un ballet (Suite Yoruba), de José Massip, ganó el Primer Premio "Paloma de Oro" en el Festival de Cortometrajes de Leipzig, en la antigua República Democrática Alemana, un festival donde Cuba posteriormente ganaría otras siete "Palomas de Oro".


Santiago Álvarez ganó 10 premios internacionales para Cuba con su documental Ciclón. Es reconocido como uno de los productores de documentales más importantes del mundo, particularmente por Hanoi, martes 13, filmado en Vietnam y considerado una obra maestra en su género. Otro excelente trabajo de la cinematografía cubana en el reportaje de guerra fue el documental Medina Boe, de José Massip (1967). Fue rodado en la antigua Guinea Portuguesa y marcó el inicio de la producción cinematográfica cubana en el continente africano.


La década de 1960 es considerada la década de oro de la producción cinematográfica del ICAIC, debido a algunas de sus principales películas, la promoción profesional de sus directores y técnicos, y la educación y expansión de un público receptivo y crítico. Otras películas de gran importancia en esta década son el documental de Octavio Cortázar Por primera vez, también ganador de un premio "Paloma de Oro" en Leipzig; Aventuras de Juan Quin Quín de García Espinosa; Memorias del subdesarrollo de Gutiérrez Alea y Lucía de Humberto Solás. Estas dos últimas películas son consideradas clásicos del cine latinoamericano.


Otras obras excelentes son: La primera carga al machete de Manuel Octavio Gómez, La odisea del General José de Jorge Fraga, y los documentales Hombres de mal tiempo de Alejandro Saderman, 1868-1968 de Bernabé Hernández y Médicos mambises de Santiago Villafuerte. Con estas películas, el cine histórico alcanzó su madurez en Cuba.


Se establecieron seminarios sobre la historia universal del cine en la Facultad de Artes de la Universidad de La Habana, con particular énfasis en el cine cubano. Al final de la década, se fundó el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC bajo la dirección de Leo Brouwer —guitarrista, compositor y director de orquesta— con el propósito de componer música para las películas del ICAIC y contribuir al enriquecimiento de la tradición musical popular cubana. El grupo se convirtió en el núcleo fundacional del movimiento conocido como la "Nueva Trova", donde iniciaron sus carreras Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Sergio Vitier y Manuel Valera, entre otros. Poco después, la televisión cubana organizó cine-debates y otros programas dedicados a la educación cinematográfica.


Este rápido boom en la producción cinematográfica se tambaleó hacia el final de la década, junto con la pérdida de la autonomía del ICAIC entre 1975 y 1980. Las políticas llevadas a cabo por el Consejo Nacional de Cultura no eran partidarias de la libertad de iniciativa y producción de la que el ICAIC había disfrutado desde su fundación.


En 1975, Enrique Pineda Barnet realizó su película Mella y el documental El primer delegado —el primero en colores— y en 1979 Pastor Vega dirigió Retrato de Teresa, altamente elogiada tanto por la crítica como por el público. Sin embargo, lo que le otorga un carácter distintivo a esta década es la producción de dibujos animados. En 1974, Juan Padrón llevó a la pantalla a su muy popular personaje Elpidio Valdés, y también se filmó el largometraje de animación El prestidigitador.


El cine cubano continuó ganando premios en festivales de cine así como en otros eventos internacionales, especialmente por la película Memorias del subdesarrollo. The New York Times la seleccionó como una de las 10 mejores películas del año en 1973. En los Estados Unidos, Memorias recibió el Premio Rosenthal, otorgado por críticos de cine, y el Premio Charles Chaplin, seleccionado por el Grupo de Críticos Jóvenes de Nueva York. Memorias también se posicionó en una encuesta realizada por la revista canadiense Take One, en la cual críticos de Canadá, los Estados Unidos y Europa seleccionaron las mejores películas del Tercer Mundo para los años de 1968 a 1978. Lucía, de Solás, ocupó el cuarto lugar en la misma encuesta.


Ambos filmes fueron también homenajeados en 1981 en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva entre las 10 mejores películas iberoamericanas de todos los tiempos, según una encuesta a críticos de cine de América Latina, España y Portugal. En 1985, Memorias del subdesarrollo obtuvo el puesto 88 en una encuesta realizada por la Federación Internacional de Cine-Clubes que presentaba la historia del cine en 150 películas. En 1986 ocupó el tercer lugar en una encuesta realizada por la revista norteamericana Cineaste para seleccionar las 10 mejores películas políticas a nivel mundial, realizadas entre 1967 y 1987.


En diciembre de 1979, se celebró en La Habana el Primer Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano con el propósito de realizar encuentros regulares entre cineastas de América Latina y el Caribe, promoviendo la afirmación de sus identidades nacionales y defendiendo sus valores nacionales. El Festival, celebrado anualmente desde entonces, otorga los premios Coral y consta de seminarios, exhibiciones, conferencias y retrospectivas. Con el fin de asegurar una amplia distribución, promoción y ventas a nivel mundial, se creó el MECLA (Mercado del Cine Latinoamericano) para llevar a cabo actividades concurrentes durante el Festival. En 1986, el Festival acordó la incorporación de nominados de radio y televisión en la competencia por los Corales.


Durante la década de 1980, nuevos directores se sumaron a un recién autonomizado ICAIC, revitalizado con el desarrollo y la consolidación de películas satíricas en un contexto de crítica social. La producción aumentó de tres largometrajes de ficción, 35 documentales y siete dibujos animados en la década de 1970, a seis u ocho largometrajes de ficción (con la inclusión de coproducciones), más de 40 documentales y nueve dibujos animados en la década de 1980. Se mantuvo la producción del noticiero semanal, añadiendo un estilo original y un modo innovador de reportar, un legado de Santiago Álvarez, su principal promotor y creador.


En 1982, el debut de Cecilia —la versión de Humberto Solás de la novela del siglo XIX Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde— provocó una nueva controversia y debate sobre la política cultural cubana y los proyectos del ICAIC, ya que el filme, una coproducción hispano-cubana, se convirtió en la película más costosa de la historia del Instituto. En octubre de 1982, Alfredo Guevara fue reemplazado por Julio García Espinosa como director del ICAIC. En 1983, Alsino y el cóndor, otra coproducción dirigida por el chileno Miguel Littín, recibió una nominación al Óscar.


Otra iniciativa que tuvo repercusiones internacionales fue la fundación en La Habana, en 1984, del Comité Gestor de Cine-Clubes de América Latina, bajo la dirección de Gabriel García Márquez, el colombiano galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Su misión era incentivar la producción, distribución y presentación cinematográfica en América Latina. También tenía como objetivo fomentar y apoyar la investigación, la enseñanza, la preservación, los proyectos de archivo y la difusión del patrimonio fílmico de los pueblos. Durante estos años, el grupo de empresas del ICAIC (Unión de Empresas ICAIC) incluía: al propio ICAIC, la División Técnica para Presentaciones Cinematográficas, una División para la Distribución de Películas Nacionales, una División para la Distribución de Películas Internacionales, la Cinemateca y el Centro de Información Cinematográfica.


En 1986 se inauguró la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) en el pueblo de San Antonio de los Baños, bajo la dirección del cineasta argentino Fernando Birri. Fue llamada la "Escuela de los Tres Mundos" debido a su interés en la formación y educación cinematográfica de jóvenes de América Latina y el Caribe, África y Asia. Y finalmente, en septiembre de 1988, se creó la Facultad de Medios de la Comunicación Audiovisual (originalmente Departamento de Radio, Cine y Televisión) dentro del Instituto Superior de Arte (ISA), vinculado al Ministerio de Educación Superior, con el propósito de ofrecer una formación avanzada y altamente profesional para los trabajadores de los medios de comunicación en materias como dirección, fotografía, edición, sonido y producción.


La década de 1990 comenzó con una retrospectiva del cine cubano en París, en el Centro Georges Pompidou. En su momento, se convirtió en la retrospectiva más completa en el extranjero, compuesta por carteles, fotografías, varias publicaciones y el libro Le Cinéma Cubain, escrito por especialistas cubanos. El ICAIC había ganado hasta entonces 539 premios, de los cuales 153 eran primeros premios.


Al iniciar una política de descentralización, a pesar de la caída del bloque socialista europeo y de las precarias condiciones económicas de Cuba durante el denominado "período especial", la producción cinematográfica del ICAIC continuó gracias a una política de mayor autonomía, producciones en video, coproducciones y contratos de servicios con cineastas extranjeros.


A esta última década pertenece la película de Tomás Gutiérrez Alea de 1993, Fresa y chocolate, codirigida por Juan Carlos Tabío. Su extraordinario éxito internacional la convirtió en nominada al Óscar como mejor película extranjera en 1995.


Un tema recurrente, presente en algunas películas de esa década, es la emigración, sus causas o motivaciones y sus efectos traumáticos, recordando sus momentos más dramáticos durante la "Crisis de los Balseros" de 1994. Los temas de la emigración fueron tratados por: Amor vertical (Arturo Sotto, 1997); La ola (Enrique Álvarez, 1995); Madagascar(Fernando Pérez, 1994) y La vida es silbar (también de Pérez, 1998). Este tema, de inevitable interés para la producción cinematográfica cubana, tenía sus raíces en Los sobrevivientes de Gutiérrez Alea (1978) y Alicia en el pueblo de Maravillas de Daniel Díaz Torres (1990). También está presente en Lista de espera de Juan Carlos Tabío (2000).


Como puede observarse, partiendo de sus producciones, la cinematografía cubana ha sido una expresión elocuente de su historia nacional, con un reconocimiento de gran alcance y todo el mérito para el ICAIC, hecho posible por la victoria revolucionaria del 1 de enero de 1959. Al contar con una industria eficiente firmemente establecida, una rica experiencia acumulada por sus directores y expertos técnicos, así como centros de enseñanza que constituyen un tesoro intelectual para la formación profesional de las nuevas generaciones, el futuro del cine cubano parece asegurado. La ley que creó el ICAIC el 24 de marzo de 1959 declaraba que el cine es "el medio más poderoso y sugestivo de expresión artística y de divulgación, y el vehículo más amplio de educación y popularización de ideas".


Ahora que proliferan los medios más sofisticados de la comunicación humana, las palabras anteriores, recordadas al comienzo del tercer milenio de nuestra era, adquieren su significado más trascendental.

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