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Pasajes a Cuba

Un análisis riguroso de la evolución técnica, pedagógica e institucional de la pintura en Cuba. Desde la cartografía militar europea y la ornamentación criolla en La Habana y Trinidad, hasta la fundación de la Academia de San Alejandro en 1818 y la vanguardia del siglo XX. Analizamos el impacto de la infraestructura académica y los marcos institucionales en la preservación del patrimonio artístico, arquitectónico y social de la Isla. Una crónica fundamentada en una estricta historiografía.

Luz, color, visión

Una crónica visual

Sin un legado pictórico importante de sus primeros pobladores, como los legados continentales de los mayas, el náhuatl o el quechua, la presencia en Cuba del arte del color comenzó con mapas que incluían a la isla en las encrucijadas geográficas americanas, como las preciosas Novae Insulae de Sebastian Münster (1540). Como suele ocurrir con otros aspectos culturales, la estratégica ubicación geográfica de Cuba determinó su manifestación histórica más temprana (y a veces imaginada) en las pinturas.


Ese interés también motivó la creación de grabados, cuyos temas principales eran las bahías y los sistemas de defensa de Cuba, realizados por artistas que visitaron la isla o la imaginaron, creadores al servicio de países europeos (Holanda, Francia o Inglaterra) que necesitaban inteligencia militar. Estos grabados se desarrollaron con un realismo y detalle cada vez mayores desde el siglo XVI hasta el XVIII.

Una colección de ilustraciones del siglo XVIII de Dominique Serres, un francés nacionalizado en Inglaterra, detalló a color muchas escenas de la toma de La Habana por los ingleses en 1762. La creciente riqueza de una aristocracia criolla y esclavista, interesada en decorar sus residencias, dio lugar a una presencia poco estudiada de maestros pintores y artistas primitivos, quienes fueron capaces incluso de establecer escuelas. Muestras de su trabajo se encuentran en la Casa de la Obrapía, propiedad de la familia Calvo de la Puerta (piezas de los siglos XVII y XVIII), y en las residencias del Conde de Lagunillas, el Conde de Peñalver y el Marqués de Jústiz (piezas del siglo XIX). Estas residencias proporcionan amplia evidencia de la existencia de una floreciente escuela de decoración de interiores tanto en La Habana como en Trinidad. El trabajo de estos artistas también apareció en espacios exteriores, como se puede observar en la Plaza Vieja de La Habana y en Trinidad.


Los primeros pintores cubanos cuyos nombres conocemos son Nicolás de la Escalera (1734-1804) y Vicente Escobar (1757-1854). Escalera fue un pintor, aparentemente autodidacta, de altares y pinturas religiosas como La Santísima Trinidad coronando a la Virgen, La Virgen del Rosario y San José, así como de retratos formales como el del capitán Don Luis de Velasco. Fue el pintor del altar y de las pechinas alrededor de la cúpula de la Iglesia de Santa María del Rosario, llamada hiperbólicamente "La catedral barroca de los campos de Cuba". En una de las pechinas, Escalera pintó al primer Conde de Casa Bayona rodeado de su familia y sus sirvientes, incluyendo a un esclavo negro que encontró en los dominios del conde las aguas medicinales que ayudaron a su amo a recuperarse de una enfermedad.

Escobar, quien probablemente estudió en la Nueva España, es de gran interés porque se dedicó principalmente a pintar retratos de la alta sociedad cubana. Confeccionó retratos de los Capitanes Generales de la Isla de Cuba, una galería completa de pinturas actualmente guardada en el Archivo de Indias en Sevilla. Destacado principalmente como fisonomista, Escobar se convirtió en un pintor de moda, el primero en ser reconocido como tal en Cuba.


Otros pintores extranjeros cuyas obras han sobrevivido son Juan del Río y, de manera más abundante, Giuseppe Perovani, cuyas pinturas se conservan en varias iglesias de La Habana y quien es más conocido por el excelente retrato del obispo de La Habana, Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa.


Relacionada con la autoridad diocesana del culto y liberal obispo Espada, y del igualmente culto intendente Alejandro Ramírez, se encuentra la fundación en 1818 de la Academia de Dibujo y Pintura San Alejandro (más tarde también de escultura), una de las pocas instituciones de la Cuba colonial que ha sobrevivido hasta nuestros días. En las aulas y talleres de San Alejandro se educaron muchas generaciones de artistas cubanos, incluyendo a las mujeres a partir de 1878. Para dirigir San Alejandro, el obispo recomendó al artista francés Juan Bautista Vermay (1786-1833), educado en París en la escuela de David.


Con Vermay, y los directores subsiguientes de San Alejandro, el academicismo se convirtió en la norma dentro de la producción pictórica cubana, prevaleciendo, aunque con nuevas técnicas (como el impresionismo), durante las dos primeras décadas del siglo XX. Espada, un hombre progresista en muchos aspectos, no disfrutaba de las rupturas doradas y abruptas del barroco, por lo que vació los templos barrocos de La Habana, reemplazando sus altares y retablos barrocos por piezas más compatibles con su gusto neoclásico. Santa María del Rosario, en las afueras de la capital, logró sobrevivir a tal embate iconoclasta.


El grabado alcanzó excelentes resultados en el siglo XIX. Muchos artistas costumbristas, principalmente extranjeros que visitaron o se asentaron en Cuba, produjeron piezas ricas en detalles y de maestría en su composición. Ejemplos de estos grabados son las aguatintas de Hippolyte Garneray, que representan escenas animadas de la vida cotidiana colonial en varios lugares de La Habana hacia 1830, como la Plaza Vieja, la Plaza de Armas o el Paseo del Prado en las afueras de la ciudad.


Otros ejemplos dignos de esta producción son: las notables litografías de Federico Mialhe (1838) incluidas en su álbum La Isla de Cuba pintoresca y Los ingenios de Cuba de Eduardo Laplante, una representación detallada de los ingenios azucareros cubanos de la zona de Trinidad (c. 1857), justo después de la introducción de la máquina de vapor, retratando a esclavos y otros empleados. Estas ilustraciones, con su gran realismo, son consideradas entre los mejores ejemplos del arte litográfico americano. Por su parte, Augusto Ferrán y José Baturone aprovecharon al máximo el colorido de los buscadores de oro de California que pasaban por La Habana para crear otro valioso documento gráfico: el Álbum californiano.


En la segunda mitad del siglo, otro excelente pintor, grabador y caricaturista, Víctor Patricio de Landaluze, un español residente en La Habana, realizó otra exquisita colección de litografías reunidas en el volumen Tipos y costumbres de Cuba. Landaluze presentó una vasta galería de tipos populares, tanto masculinos como femeninos, y un gracioso desfile de personas en sus ocupaciones cotidianas. Landaluze también pintó óleos con rasgos distintivos de la Cuba del siglo XIX, aunque políticamente se inclinaba a favorecer a España durante estos años de conflicto armado entre la metrópoli y su colonia antillana.


El desarrollo de la producción de habanos en fábricas altamente especializadas facilitó otra expresión en las artes plásticas cubanas: las etiquetas y anillas de puros (marquillas y vitolas) que servían para identificar a la empresa y garantizar la autenticidad y alta calidad de sus productos. Los puros y las cajas de puros cubanos también se produjeron en los Estados Unidos cuando la industria migró.

Este arte litográfico de las cajas de puros (con modalidades alegóricas, históricas y folclóricas) se enriqueció con temas y motivos de los Estados Unidos. Esto ocurrió principalmente en Cayo Hueso (Key West) y Tampa, los principales enclaves productores de puros que, por supuesto, utilizaban materia prima procedente de Cuba.


Muchas de las obras de Vermay, de temas religiosos y numerosos retratos, se han conservado. Entre los retratos se encuentra otra representación del obispo Espada y retratos de las familias Montalvo y Manrique de Lara. La obra más destacada de Vermay cubre tres paredes del edificio conmemorativo conocido como El Templete, erigido en 1828 frente a la histórica Plaza de Armas, en el corazón de La Habana Vieja. El Templete marca el lugar donde, según la tradición, se celebró la primera misa a principios del siglo XVI.

Uno de los murales del edificio representa ese acontecimiento y otro muestra el primer cabildo (o ayuntamiento) de La Habana. El mural más grande y significativo, en la pared del fondo, captura la inauguración misma de El Templete con una composición donde el Capitán General Dionisio Vives y otros funcionarios civiles, como el intendente Alejandro Ramírez y el obispo Espada, aparecen rodeados por la curia eclesiástica y numerosas mujeres y hombres cubanos de las familias más distinguidas de la sociedad habanera. Cerca de un borde del mural, Vermay incluyó su autorretrato.


Los beneficios derivados del establecimiento de San Alejandro no tardaron en conducir a excelentes resultados con un gran número de pintores cubanos. Durante la segunda mitad del siglo XIX, muchos de ellos continuaron sus estudios en Nueva York o París, donde en ocasiones establecieron su residencia. Así, la pintura cubana del siglo XIX alcanzó una calidad y un mérito comparables a los de la música o la poesía.

Las figuras principales fueron: Esteban Chartrand (1840-1884), Federico Martínez (1835-1912), Guillermo Collazo (1850-1896), Leopoldo Romañach (1862-1951) y Armando Menocal (1863-1942). Menocal realizó grandes murales en edificios públicos de La Habana a principios del siglo XX. Romañach se convirtió en el patriarca de la pintura cubana, como distinguido maestro y mentor en San Alejandro.

Otros nombres pueden sumarse a esta lista: la precoz y expresiva Juana Borrero, quien falleció en su juventud, y el paisajista Valentín Sanz Carta, originario de las Islas Canarias, quien logró captar, mucho mejor que muchos pintores cubanos, la presencia y función del color y la luz en la naturaleza tropical de la isla.


Chartrand, quien emigró en 1863 a los Estados Unidos donde residió hasta el final de su vida, muestra la influencia romántica de Corot en la atmósfera de sus paisajes cubanos (Salto del Hanabanilla, Paisaje con riachuelo, Vista del ingenio Tinguaro) y en sus temas no cubanos, como por ejemplo, la Capilla de Lourdes en la iglesia de La Merced en La Habana.


El excelente pintor santiaguero Federico Martínez produjo retratos, elegantes y ricos en color, como el de Landaluze, el Retrato de una niña y el Retrato de una dama. Collazo, también de Santiago pero que vivió durante muchos años en París donde sirvió a la causa de la independencia cubana, es según algunos críticos el mejor pintor cubano del siglo XIX. Fue magistral en la creación de un contrapunto que integra las modas francesas con los paisajes cubanos y ejecuciones notables en pinturas como La siesta, Retrato de la Señora Malpica y la totalmente europea Dama sentada a la orilla del mar.


Menocal estuvo, al igual que Romañach, bajo la influencia impresionista. Combatió contra España y realizó algunos dibujos en el campo de batalla que sirvieron para recaudar fondos para el sostenimiento de las fuerzas cubanas. Durante la República pintó grandes obras como la famosa Muerte de Maceo, los murales en el Palacio Presidencial sobre la histórica victoria de Las Tunas y las pinturas alegóricas en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.


Romañach, quien estudió en Cuba, España e Italia y recibió numerosos premios internacionales, fue durante más de 50 años un maestro de excepcional importancia durante su permanencia en San Alejandro. Nos legó obras maestras de la pintura cubana como La convaleciente y La niña de las cañas.


Otros "académicos" aparecen en el siglo XX. Antonio Rodríguez Morey, ganador de premios en Europa y Estados Unidos y miembro de la Academia de San Fernando en España, también pintó murales en el Palacio Presidencial. Esteban Valderrama, un paisajista y retratista de gran habilidad técnica, realizó retratos de Franklin D. Roosevelt y José Martí, así como paisajes con valles y bosques cubanos. Domingo Ramos y el pintor español Miguel Arias también se distinguieron como pintores "académicos". Arias pintó los telones de fondo del famoso Teatro Alhambra.


Con la llegada de la República en 1902, la educación artística fue considerada un componente de la cultura nacional. Como parte de un proyecto más amplio, se fundaron instituciones como la Academia Nacional de Artes y Letras y el Museo Nacional de Arte. Sin embargo, los artistas continuaron sufriendo por la falta de apoyo oficial, hasta que en 1916 se inauguró el Círculo de Bellas Artes. El Círculo contribuyó en parte a la promoción de la cultura con ciclos de conciertos y otras actividades que incluían la exhibición individual y colectiva de pintores cubanos.


A lo largo de los años, otras instituciones se unieron a la labor del Círculo, entre ellas el Lyceum, una organización social de mujeres, y el Departamento de Cultura del Ministerio de Educación. El Lyceum llevó a cabo una admirable labor cultural en La Habana hasta la década de 1950. Con una generosa diligencia, el Departamento de Cultura del Ministerio de Educación organizó, a partir de 1935, exposiciones nacionales (y premios) de pintura y escultura para artistas de todas las tendencias. Asimismo, adquirió obras que hoy forman parte del patrimonio cultural conservado en el Museo Nacional de Bellas Artes.


Un papel destacado en el reconocimiento de la cultura en general, y de la pintura en particular, lo desempeñaron las publicaciones que presentaban el arte pictórico: La Habana Elegante y El Fígaro, en la transición del siglo XIX al XX, y publicaciones posteriores como Revista Cubana, Revista de Avance, Verbum, Selecta, Grafos y Orígenes .La Revista de Avance sacó a la luz en 1927 al grupo de artistas conocidos como La Vanguardia en la historia del arte cubano. Ellos se encontraban en una oposición no hostil a los académicos, cuyas obras intentaron superar con la introducción de novedosos patrones estilísticos obtenidos a partir de una mayor libertad individual en la expresión artística.


En general, los pintores de La Vanguardia habían completado su educación artística en París, donde apreciaron elementos conceptuales y formales tomados de los expresionistas, los cubistas, los surrealistas, los naïf y otras corrientes artísticas de la época, incluyendo a los muralistas mexicanos. En 1927 iniciaron su revolución pictórica y en 1938 Eduardo Abela estableció el Estudio Libre de Pintura. También en 1938 celebraron su primera exposición, con la participación de Víctor Manuel García (1897-1968), Eduardo Abela (1889-1965), Carlos Enríquez (1901-1957), Jorge Arche (n. 1905), Arístides Fernández (1904-1934), Amelia Peláez (1896-1968), Fidelio Ponce de León (1895-1949), Antonio Gattorno y Marcelo Pogolotti.


Con su estilo muy personal, estos pintores de la vanguardia incluyeron en sus temas a los sectores más humildes de la población, sus orígenes étnicos y un simbolismo dinámico que integraba la cultura y el paisaje cubanos:


  • Abela, con un expresionismo fantástico o pequeñas obras infantiles y encantadoras;
  • Enríquez, con movimientos ardientes y arrolladores, transparencias de color según la luz y pinturas de temas variados que incluían el erotismo;
  • Amelia Peláez, con planos cubistas, sintéticos y bidimensionales de puros colores luminosos separados por gruesas líneas en negro, con elementos de la flora y fauna cubanas o decoraciones barrocas de las antiguas casas de La Habana;
  • Víctor Manuel, con formas simplificadas y una rica paleta que ofrecía una visión sintética que fortalecía su tono indigenista;
  • Fidelio Ponce de León, con figuras alargadas en una atmósfera de angustiosa soledad, propiciada por su pesado empaste y su preferencia casi monocromática, así como por el uso de blancos y colores ocres; y
  • Marcelo Pogolotti, con la introducción del proletariado y el trabajo en composiciones donde predominan el dibujo y la estructura lograda a través de los volúmenes.


 Hacia finales de la década de 1930, otros excelentes artistas se unieron al grupo de la vanguardia, principalmente pintores nacidos en la década de 1910: Wifredo Lam, Mario Carreño, René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Mirta Cerra, Cundo Bermúdez y Roberto Diago.Ellos, al igual que los de la vanguardia anterior y los que les sucedieron, se habían formado en San Alejandro y, como los modernos que los precedieron, utilizaron el inconsciente como fuente para sus creaciones personales y como fundamento de su estética íntima. Mucho se ha escrito sobre Lam, quien es generalmente reconocido como el pintor cubano más importante del siglo XX. Los críticos se refieren al sentido fluido de su línea y su fantasía, a su uso de elementos naturales dramatizados al servicio de una función mágica primitivista, sin ignorar lo totémico y la naturaleza aparentemente absurda del arte tribal. Sus piezas más conocidas son La jungla, El tercer mundo y Zambezia, Zambezia; en todas ellas, la imaginación del artista recreó un universo rítmico sorprendente mediante recursos formales de diversos orígenes: África, Oceanía y la mina simbólica de los cultos afroantillanos.


  • Cundo Bermúdez, un pintor enigmático y hábil en el contrapunto, es un exponente de fantasías ocultas traducidas en signos oníricos.
  • Carreño utiliza la geometría concreta para un reduccionismo subjetivo, respaldado por magníficas habilidades para el dibujo.
  • Portocarrero, junto con Lam quizás los pintores cubanos más aclamados por la crítica, fue muralista y ceramista, exponente de diversas corrientes como el cubismo, el expresionismo y el primitivismo. Su temática es rica y variada, con naturalezas muertas, motivos afrocubanos, ciudades abigarradas (La Habana), Floras delicadamente concebidas, figuras con peinados barrocos marcadamente caribeños e interiores barrocos coloniales vibrantes: color y luz, un festín folclórico para los sentidos.
  • Mariano Rodríguez, un prolífico artista autodidacta tan diverso como Portocarrero, fue creador de vitrales, así como de una multiplicidad de óleos y aguadas que utilizaban colores imbuidos de una luz brillante; una luz tan decisiva que, como en su colección de gallos, casi se aleja de la realidad y lo convierte prácticamente en un pintor abstracto.


Poco se sabía en los Estados Unidos sobre la pintura cubana a pesar de su creciente reconocimiento internacional, con premios y elogios de la crítica en varios países de Europa y América Latina; a pesar de su promoción dentro de Cuba gracias a las instituciones, especialistas y académicos antes mencionados; a pesar de las lecturas y conferencias sobre diversos temas que se remontaban a la década de 1920 en la Asociación del Club Cubano de Bellas Artes; y a pesar de los esfuerzos académicos y profesorales de Jorge Mañach y Esteban Valderrama sobre la historia del arte y la educación artística en Cuba, así como del apoyo periodístico de la Revista de Avance y de las exposiciones, cursos y otros proyectos organizados por el inolvidable profesor Luis de Soto en la Universidad de La Habana.

Esta situación no comenzó a cambiar sino hasta 1939 con la creación del Instituto Nacional de Bellas Artes, organizador de muchas exposiciones contemporáneas y retrospectivas de la producción artística cubana. La situación mejoró aún más después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la promoción artística y el financiamiento (provenientes, por ejemplo, de la Comisión Cubana de Cooperación Intelectual) se incrementaron en La Habana, tanto en la Universidad como en otras instituciones como el distinguido Lyceum.


En 1942, pinturas de Picasso, Dufy y Miró se exhibieron por primera vez en Cuba. En los años 1943 y 1944, la millonaria promotora de arte María Luisa Gómez Mena facilitó la apertura de la Galería del Prado, la primera galería privada en el país especializada en arte moderno. Los esfuerzos del crítico de arte José Gómez Sicre condujeron a una exposición de pintores cubanos en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1944 y a la publicación ese mismo año de su libro Pintura cubana de hoy.


La década de 1950 comenzó con el establecimiento en La Habana de otra institución eminente para la historia de la cultura cubana: la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Esta contribuyó, junto con las organizaciones mencionadas anteriormente, a la difusión y promoción de las artes plásticas en el país. San Alejandro continuó siendo el único centro oficial para la formación artística práctica.

Durante esta década se abrieron otras galerías, pero sin un éxito continuo debido al reducido número de personas interesadas en comprar arte, además del escaso poder adquisitivo y la violencia política a la que el país estuvo sometido a lo largo de estos años tras el golpe de Estado del general Fulgencio Batista Zaldívar. El Museo Nacional de Bellas Artes siguió siendo el centro de las exposiciones nacionales de arte y el Círculo de Bellas Artes fue la sede del arte académico, así como un espacio para exhibiciones artísticas.

Esta década también fue testigo de la llegada a la pintura y escultura cubanas de una nueva generación de artistas que habitualmente se divide en dos grupos: Los Once (abstracción) y Los Diez (concreción).

Los Once recibieron su nombre por el número original de sus miembros, el cual se mantuvo a pesar de que la cifra varió a lo largo de los años. Al principio incluía a siete pintores y cuatro escultores. Los pintores originales fueron: Guido Llinás, Hugo Consuegra, Fayad Jamís, Raúl Martínez, Antonio Vidal, René Ávila y José Ignacio Bermúdez. Los escultores originales fueron: Agustín Cárdenas, Francisco (Pancho) Antigua, Tomás Oliva y José Antonio (Díaz) Peláez. Su primera exposición tuvo lugar en La Rampa en abril de 1953, seguida por muchas otras muestras hasta la última, titulada Expresionismo Abstracto 1963, a pesar de que el grupo se disolvió oficialmente en 1958. Los Once incluyeron a lo largo de los años al menos a 21 artistas, entre ellos a pintores no abstractos como Antonia Eiriz, Servando Cabrera y Ángel Acosta León.


El dictador Batista decidió celebrar el centenario del nacimiento de José Martí en La Habana en 1953 y, en complicidad con Francisco Franco y con amplios recursos financieros, organizó una Bienal Hispanoamericana de Arte en el Palacio de Bellas Artes. Esta clara maniobra política fue rechazada y repudiada por quienes organizaron una Antibienal de La Habana titulada Plástica Cubana Contemporánea: Homenaje a José Martí  en el Lyceum el 28 de enero de 1954, en el ciento un aniversario del nacimiento de Martí.Esta exhibición fue trasladada posteriormente a la Universidad de La Habana por acuerdo con la Federación Estudiantil Universitaria. Según la profesora y crítica de arte Graciela Pogolotti, la Antibienal se convirtió en "una expresión de revuelta y rechazo a todo intento de utilizar la cultura como un instrumento legitimador del régimen". Miembros de Los Once, entre ellos Raúl Martínez, Hugo Consuegra y Guido Llinás, estuvieron a la vanguardia de esta condena a las dictaduras de Franco y Batista.


Para Los Once y su expresionismo abstracto, la pintura era la expresión directa de los sentimientos a través del color y la forma. Consuegra se llamaba a sí mismo un "pintor de sentimientos y no de objetos" que busca, mediante recursos simbólicos, dar al espectador un "todo" recibido como una "experiencia psicológica directa". Así podemos inferir los títulos de sus pinturas: Un entendimiento ciego, La rehabilitación de Galileo Galilei y Rumor de guerra.


Llinás también intentó liberar sus sentimientos sobre el lienzo, pero por medio de una acción automática con pinceladas dinámicas y enérgicas, composiciones hechas a partir de sentimientos, situaciones subjetivas, emociones y estados de ánimo. Llinás, junto con Jamís y Martínez, prefirió el action painting de Nueva York, que en el caso de Martínez evolucionó hacia expresiones no abstractas, impregnadas durante sus últimos años por un fuerte contenido nacionalista y revolucionario: el pop art y los collages.


El grupo de Los Diez (concreción) incluyó a destacados pintores como José Miyares, Loló Soldevilla y Luis Martínez Pedro, este último representado por sus marinas: la simplificación del mar como una entidad, un objeto en sí mismo, despojado de todo excedente, un mar de gradaciones azules en líneas o olas que se transforman en esencias ópticas. A pesar del enérgico y novedoso abstraccionismo, el universo pictórico cubano incluía a pintores académicos, e incluso de vanguardia, modernos y expresionistas. Había otros de una fuerte y única personalidad y estilo, como Antonia Eiriz, Servando Cabrera Moreno, Raúl Milián, Ángel Acosta León y Orlando Yanes. En ese momento de multiplicidad y presencia creadora llegó la Revolución cubana el 1 de enero de 1959. Muchos artistas, entre ellos Mariano Rodríguez, Jamís, Cabrera, Yanes y Martínez, produjeron algunas de sus mejores obras —con la variedad de estilos que los caracterizaba— dentro del marco de las palabras de Fidel Castro a los intelectuales en 1961: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". Otros artistas decidieron partir al exilio o simplemente no regresar a Cuba, estableciéndose en Europa, los Estados Unidos y otros países.


Desde su inicio, la Revolución cubana prestó cuidadosa atención a la promoción cultural en todos sus aspectos y a lo largo de todo el territorio, una tarea encomendada al Ministerio de Educación hasta 1976 y, posteriormente, al recién creado Ministerio de Cultura. La Constitución de 1976 ratificó y codificó la política cultural de 1961. La Constitución declaró la "libertad de creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución", permitiendo la libertad formal hasta el presente, una libertad promovida y respaldada por otras instituciones nacionales como la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la labor internacionalmente reconocida de la Casa de las Américas, instituciones que fueron fundadas en los albores mismos de la Revolución. Desde el Primer Congreso de Escritores y Artistas (1961) hasta la actualidad, la libertad de expresión artística ha sido respetada por el Gobierno Revolucionario y ha sido muy evidente en eventos nacionales e internacionales como el Salón de Mayo (1968), con la participación de más de 500 intelectuales y artistas, un evento que condujo al celebrado Salón Nacional (1970) y a la II Bienal de La Habana (1986). Numerosos encuentros de artistas, con muy diferentes motivaciones, contenidos y estilos, reafirman el juicio de Martí al demostrar que "una revolución de formas es una revolución de esencias", así como que la efectiva política cultural cubana de 1961 creó terrenos artísticos fértiles.


A lo largo de estas décadas, La Habana se ha mantenido como el centro por excelencia para la producción y promoción del arte pero, a diferencia de lo que prevalecía antes de 1961, la mayoría de las demás ciudades del país se suman ahora a estos empeños. Los centros de formación y las salas de exposición, sumados a un incremento en la producción pictórica a nivel nacional, han alcanzado una calidad sorprendente y una expansión popular desde la década de 1980. El espacio principal para estas búsquedas creativas lo proporciona el Sistema Nacional de Educación, con sus nuevos espacios temáticos y una extensa lista de figuras reconocidas en el universo contemporáneo del arte. La venerable Academia de San Alejandro se ha conservado, pero el sistema nacional también ha integrado el estudio y la apreciación del arte, en sus diversas expresiones, comenzando desde la educación primaria.

El sistema creado para el estudio de las artes plásticas culmina en el Instituto Superior de Arte (ISA), bajo la dirección del Ministerio de Cultura y con el apoyo de otras instituciones como la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), el Ministerio de Educación y el Ministerio de Educación Superior. La Universidad de La Habana, por ejemplo, ofrece un doctorado en Historia, Teoría y Crítica de la Cultura Artística, y el ISA ofrece una licenciatura en Historia, Teoría y Crítica de las Artes Plásticas.


No debemos dejar de añadir que, al igual que ocurre con la literatura y la música, los cubanos o hijos de cubanos que han optado por vivir y trabajar en el extranjero enriquecen la producción artística de Cuba. Sin pretender ser exhaustivos, debemos mencionar, al menos, a pintores como Ever Fonseca, de quien se dice que nutre sus espacios con símbolos extraídos de la naturaleza y la mitología, convirtiéndolos en literatura pictórica; Roberto Fabelo, un dibujante sintético con representaciones fabulosas, plagadas de presencias subjetivas que pueden ser metáforas del poder, alucinaciones o simplemente pesadillas críticas; Tomás Sánchez, con vertederos y paisajes que llegan al espectador como algo recordado o como premoniciones cuyo realismo es pura apariencia; y Cosme Proenza, creador de lugares y personajes de ensueño o fantasía, con sutilezas surrealistas transmutadas en entornos históricos, medievales o renacentistas. También debemos mencionar las pinturas de encantamientos alucinados de Zaida del Río, y las obras de Flora Fong y Manuel Mendive, un examen de la riqueza temática y el legado que la cultura cubana reclama de sus raíces africanas.


Hay cada vez más pintores de prestigio, algunos con presencia permanente en el rico Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana: el abstracto Juan Roberto Diago, el manierista Juan Grillo, el introspectivo Agustín Bejerano, los persistentes estudios de tipos y burla de Juan Carlos, las reconstrucciones irónicas de mensajes del pasado de Armando Mariño, los talentosos trazos de humor nacional y drama familiar de Pedro Pablo Oliva. Y luego llegamos a esos pintores autodidactas, legitimados por su vocación y persistencia, como Mirito de Matanzas y Jesús Díaz Morán de Pinar del Río y ahora residente en La Habana. 


El diverso e impresionante repertorio de la creación artística más reciente en Cuba se basa en el pasado y lo perpetúa. Es un repertorio histórico, un producto generacional, no estático sino inquisitivo y original. Es una galería comprometida con el aquí y el ahora, lo que garantiza su legado y su utilidad coherente, íntima y sustancial.

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