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Pasajes a Cuba

A diferencia del ingenio azucarero, el tabaco cubano fue el logro de hombres libres (vegueros) con cultura de autonomía y maestría manual. Esta tradición convirtió a Cayo Hueso y Tampa en un "Universo del Tabaco" donde las galeras fabriles fueron semilleros de independencia. El aporte financiero de los exiliados financió la gesta soberana, sellando un vínculo permanente entre Cuba y la Florida basado en el honor. El Habano quedó como símbolo perdurable de excelencia artística.

Tabaco: El puente de la libertad

Su historia y significado

Una de las plantas solanáceas, descrita por Linneo en 1753 como la especie Nicotiana tabacum —una especie nativa de América del Sur, México y el Caribe— fue la planta cuya manufactura y comercialización se puso de moda en el hemisferio occidental, convirtiéndose en una de las principales contribuciones del Nuevo Mundo a la humanidad.


Cristóbal Colón fue el primer europeo que habló sobre la planta y su función estimulante al observar a los indios en Cuba inhalar el humo por la nariz utilizando cañas huecas, divididas en dos en uno de sus extremos para facilitar su introducción en las fosas nasales. Para los nativos de los países donde el tabaco estaba muy extendido, como Cuba, la planta servía como estimulante y como narcótico para fines ceremoniales y medicinales. La popularidad del tabaco se debe, precisamente, a los efectos narcóticos de la nicotina, la cual contribuye al mismo tiempo al desarrollo del hábito de fumar.


El cultivo de la Nicotiana tabacum comenzó en La Española en 1531, en Cuba en 1580 y en Brasil en 1600. Su nombre proviene de una palabra arauaca del Caribe y de Jean Nicot, el embajador francés en Lisboa, quien envió semillas a la reina de Francia, Catalina de Médicis. En 1612 ya se cultivaba en Virginia y en 1631 en Maryland, alcanzando su mayor expansión en los Estados Unidos después de la Revolución Americana, cuando Kentucky, Tennessee, Carolina del Norte, Ohio y Misuri se sumaron a su producción.


La famosa variedad Burley es originaria de los Estados Unidos y difiere en color y suavidad del tabaco cubano, el cual es muy aromático pero fuerte, oscuro y con reputación de ser la mejor hoja del mundo entero. Existen tres centros históricos de producción famosos por la excelencia de sus hojas: Vuelta Abajo en la provincia de Pinar del Río, Vuelta Arriba entre La Habana y Pinar del Río, y Partido o Remedios en la provincia de Las Villas. Hoy en día, el tabaco se cultiva en toda la Isla.


Se le atribuyeron al tabaco propiedades médicas muy generales, transformándolo casi en una panacea universal. Esto contribuyó a su introducción en Europa. Entre 1556 y 1565 fue introducido en Francia, España, Portugal e Inglaterra, desde donde se extendió al resto del continente y se transformó en una mercancía muy apreciada para el comercio mundial.


El tabaco, con sus hermosas flores tubulares y hojas que pueden alcanzar entre dos y tres pies de altura, fue elogiado por los poetas cubanos por su belleza, al igual que la vega o plantación de tabaco: pequeñas parcelas principalmente bajo el cuidado de inmigrantes de las Islas Canarias, aunque también había vegueros criollos tanto negros como blancos.


Según historiadores cubanos de la estatura de Fernando Ortiz y Julio Le Riverend, no se trataba de un cultivo sembrado en grandes extensiones que requirieran una gran cantidad de esclavos, a diferencia de lo que ocurría, por ejemplo, en Virginia, con sus plantaciones y producciones vinculadas a un mercado capitalista en expansión. Esa fue una de las razones por las cuales Fernando Ortiz, en su clásico Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, lo contrastó con los cañaverales de azúcar, caracterizados por su enorme extensión territorial y cientos de esclavos africanos. El cultivo del tabaco en Cuba fue un logro de hombres libres, aunque explotados tanto en los campos como en los talleres de manufactura. En Cuba, el cultivo del tabaco no se basó en plantaciones de esclavos.


La planta de tabaco requiere una atención cuidadosa, ya que tiene muchos enemigos: insectos y virus, como el "mosaico". La vega debe ser estéril, tanto en los semilleros donde se plantan las semillas como en toda la plantación de tabaco en sí, la cual se cubre frecuentemente con una tela especial para proteger las plantas. Además, el suelo debe ser fértil y húmedo, lo que propició el establecimiento de campos a lo largo del curso de los ríos (por ejemplo, el Almendares en La Habana o el Arimao en Las Villas), creando las llamadas vegas "naturales".

Jean Stubbs cita un texto de 1898 de Robert Porter sobre este tipo de vega: “Una plantación de tabaco, o vega como se le conoce, con su huerto, sus plátanos para alimentar a los trabajadores, sus árboles frutales y de flores, sus muros de piedra, sus frontispicios y sus casitas bonitas, es el paisaje agrícola más protegido e íntimo” (Stubbs: 1989:63).


Un entorno tan idílico siempre ha estado amenazado; ha existido en tiempos precarios. Muchas de estas vegas desaparecieron, pero otras nuevas alcanzaron ese aspecto protegido e íntimo mencionado por Stubbs.


El veguero, el punto de partida en la industria del tabaco, sufrió a causa de su aislamiento y de su posición indefensa, al contrario de la situación de los trabajadores del sector industrial, quienes estaban unidos en los talleres y se fortalecían mediante un frente común que les permitía movilizarse para lograr mejores condiciones laborales y sociales.


Durante cientos de años, los vegueros soportaron los abusos de los intermediarios (frecuentemente a manos de acreedores que eran comerciantes minoristas de víveres), quienes estaban dispuestos a comercializar la materia prima para su beneficio exclusivo. Pero sufrieron aún más por las medidas monopólicas dictadas por el gobierno colonial y, posteriormente, por el proteccionismo de los Estados Unidos: medidas que aumentaban constantemente los aranceles que debían pagarse por las exportaciones. Como señala la analista Stubbs: el desarrollo agrícola e industrial del tabaco cubano "fue hábilmente torcido como un tabaco por los intereses comerciales de ultramar". Estos intereses fueron controlados primero por España y luego por los Estados Unidos.


El resultado final para los vegueros fue subsistir, llenos de deudas, con una economía deficiente y perdiendo sus tierras a favor de los oligarcas de la industria azucarera o de los ganaderos, transformándose así en arrendatarios de subarriendo o en meros aparceros.


Un ejemplo de este proceso durante el siglo XX fue el caso de los vegueros de las plantaciones de tabaco de Remedios o Partido en la Cuban Land, quienes solo podían conservar para sí mismos la mitad de su tabaco de tapado (sombra) y las tres cuartas partes del tabaco de sol, el cual es de una calidad inferior.


Un segmento importante de la literatura cubana del siglo XIX refleja el ya mencionado estado de indefensión de estos trabajadores, los vegueros, y las terribles consecuencias provocadas por la extinción de los hatos (grandes haciendas ganaderas) en la región occidental del país debido a los proyectos capitalistas para comercializar las tierras con el fin de promover los nuevos ingenios y, asimismo, los cafetales de llanura durante las dos primeras décadas de ese siglo.


En este proceso, al menos 10,000 familias —muchas de ellas familias de vegueros— perdieron las tierras que habían trabajado arduamente por generaciones debido a que algún propietario rico declaraba sus parcelas como propiedad privada. La expulsión de campesinos, tanto blancos como negros, de estas tierras dañó seriamente la posibilidad de lograr una economía agraria diversificada. Esto fomentó el latifundio, vastas fincas incultas; fortaleciendo, en lugar de diversificar, el monocultivo de tipo de plantación y sus complementos: la trata de esclavos africanos y la esclavitud.


Los deleites del consumo de tabaco incluyen: su inhalación directa como rapé o tabaco en polvo; su masticación como tabaco de mascar en rollo (andullo); y su combustión como tabaco picado (picadura) para fumar en pipa. También se fuma comúnmente en cigarrillos, cuya producción se mecanizó desde el siglo XIX. Pero el modo de consumo que más nos interesa es en forma de puro, cigarro o habano en su mayor variedad: la inhalación del humo producido por la combustión de hojas seleccionadas, entrelazadas y cubiertas por una capa especial de rico aroma.


Después de trasplantar las plantas desde el semillero a los surcos de la plantación de tabaco, se debe esperar un período de maduración antes de cortar sus hojas. Luego, estas se trasladan a las casas de curado (o aposentos de secado) para su envejecimiento o sazonado, un proceso minucioso destinado a obtener de ellas la máxima fragancia. Una vez envejecidas o curadas, las hojas se empacan y se venden como materia prima, o se almacenan para ser utilizadas en la preparación de las diversas formas de consumo en las diferentes fábricas y talleres.


Según el historiador Le Riverend, el tabaco se exportaba a Europa en el siglo XVII, sobre todo, como tabaco en rama, picadura y rapé; este último, una especialidad elaborada mediante molinos de piedra que aprovechaban la fuerza hidráulica de los ríos, los cuales también se utilizaban para el transporte. El cigarro o puro era para el consumo nacional, elaborado por los propios tabaqueros. Confeccionado de este modo, se distinguió como el habano cubano. Hacia mediados del siglo XIX, se había establecido una predilección internacional y bien definida por el tabaco: Inglaterra prefería la "picadura" para pipas; el rapé gozaba de la mayor aceptación en Francia e Italia, y el tabaco de mascar (en rollo) florecía en los Estados Unidos. Sin embargo, el cigarro habano ya estaba plenamente consolidado en estos países, así como en España, Holanda y Alemania. El cigarrillo se convirtió en la forma líder de consumo en el siglo XX y llegó a ser considerado vulgar, mientras que el rapé y el tabaco de mascar ya se encontraban en declive.


La posición de Cuba en el mercado internacional del tabaco se consolidó, tal como ocurre hoy en día, gracias a la elaboración manual de los habanos hechos con "el mejor tabaco del mundo", y por una variada producción de puros de diferentes formas, tamaños, texturas, elasticidad, grosores y ligadas (mezclas de tabaco). La industria tabacalera moderna propiamente dicha se inició en el siglo XIX con la expansión de ese gusto por el cigarro puro, y aún más con los cigarrillos producidos a máquina.


A lo largo de ese siglo crucial, aparecieron en Cuba enormes fábricas de habanos. Estos se exportaban, sobre todo, a los Estados Unidos, que fue el mercado principal durante años. El general Israel Putnam los había introducido en ese país tras la toma de La Habana por los ingleses en 1762. Esas enormes fábricas, casi todas propiedad de españoles, dependían de una mano de obra especializada que incluía a algunos trabajadores españoles y chinos, pero que estaba compuesta principalmente por cubanos blancos y negros. De sus manos salía una producción constante de brevas, coronas, largos, imperiales, cortos, cazadores, panetelas, churchills y cohibas. Compañías que ganaron reconocimiento internacional por la calidad de sus producciones elaboraban habanos para todos los gustos: Susini, Por Larrañaga, Clay y Bock, La Corona, Cabañas y Carvajal, Partagás, H. Upmann, Romeo y Julieta...

Sin embargo, junto a estas importantes empresas capitalistas, los pequeños talleres conocidos como chinchales sobrevivieron hasta la primera mitad del siglo XX. Además, en los talleres domésticos se torcían habanos para el consumo personal o para comercializarlos entre aquellos que tenían la desdicha de no poder permitirse las marcas famosas.


La producción de tabaco en Cuba, concentrada principalmente —pero no exclusivamente— en La Habana, alcanzó un alto grado de perfección en la elaboración manual de los habanos, mediante una cuidadosa selección de las hojas, tanto por su apariencia como por la calidad de su combustión. La zona de Vuelta Abajo ganó fama por la calidad superior de sus hojas, más finas y aromáticas, destinadas a ser utilizadas como capas, mientras que las hojas de la zona de Remedios o Partido, una variedad mucho más fuerte, se utilizaban como tripa. Quienes participan en la producción de habanos deben pasar por un largo período de aprendizaje, particularmente aquellos que realizan el rolado o torcido. Ellos, junto con todos los demás trabajadores de las fábricas y talleres, están bajo la estricta supervisión de inspectores que examinan sus habilidades y pericia técnica en las diferentes fases del proceso productivo. El propósito es obtener habanos perfectos, principalmente en términos de su manufactura, aroma y textura.

En algunas de las grandes fábricas, el procesamiento de las hojas, su selección y distribución se realizan en la planta baja, mientras que el torcido se lleva a cabo en los pisos superiores, en un enorme salón llamado galera, tal vez debido a las similitudes departamentales con los talleres de imprenta. Otros procesos incluyen el despalillo (la extracción de las venas o nervaduras centrales), la escogida (selección), el fileteado (el decorado y sellado de las cajas) y el anillado (la colocación de la vitola o anillo del cigarro). El proceso de limpiar y quitar las venas de las hojas de tabaco (despalillo) fue históricamente un trabajo de mujeres, mientras que el de torcer (torcido) estaba reservado para los hombres. Hoy en día, el trabajo en las fábricas de tabaco ya no está dividido por cuestiones de género.


En Cuba, la complejidad en la preparación de los habanos o puros se ha visto realzada estéticamente por la exitosa introducción de artísticas cajas de cedro, con sus correspondientes cromolitografías y anillos dorados para las diferentes marcas. Este aspecto singular, añadido para la conservación de los cigarros, se convirtió en parte integrante de la evolución de las artes en la Isla, un arte reconocido hoy en día por coleccionistas de todo el mundo. Desde el siglo XIX, estas cajas de cedro han mejorado la fragancia de los habanos, mientras que las cromolitografías (con su gran variedad de temas, colores y encanto) los convirtieron en atractivas piezas de artesanía.


La totalidad de la industria del habano cubano llegó a los Estados Unidos: las materias primas cubanas, el arte de torcer los cigarros, el fino arte de construir las cajas de cedro y sus cromolitografías personalizadas. Las fábricas de tabaco o tabaqueras, con su correspondiente fuerza laboral proveniente de Cuba, florecieron en Cayo Hueso, Tampa y en otras ciudades del sur de la Florida, y en menor grado en Nueva York y Nueva Jersey. Durante muchos años, algunas tabaquerías, como las de Tampa y Cayo Hueso, se mantuvieron integradas a un "universo del tabaco cubano".


Existen referencias de tabaquerías de este tipo en los Estados Unidos desde la década de 1830, pero su espectacular auge comenzó en Cayo Hueso después de 1869. La aparición en Cuba de las enormes tabaqueras precedió por unos pocos años a las instalaciones de los Estados Unidos, las cuales también incluían chinchales. Carlos Cabañas fundó Cabañas y Carvajal en 1810; Jaime Partagás estableció la que lleva su nombre en 1827; y en 1834 Ambrosio Larrañaga fundó su propia marca. Todas ellas estaban ubicadas en la ciudad de La Habana.


Además de las razones antes mencionadas para esta migración de la producción (con su correspondiente transferencia de tecnología, capital, materias primas y mano de obra) fuera de la Isla, está el hecho de que en 1868 había comenzado una lucha revolucionaria por la independencia en la región oriental de Cuba. Este fue un proceso que duró diez sangrientos años, durante los cuales los colonialistas españoles se enfrentaron a los cubanos que luchaban por alcanzar la plena soberanía política de la isla.

Sin embargo, las causas principales tuvieron su origen en una profunda crisis de la industria tabacalera cubana, provocada por los altos aranceles de importación impuestos a los habanos por los Estados Unidos, su mercado principal. Los Estados Unidos, inmersos en su propia crisis económica, esperaban que estas medidas proteccionistas facilitaran el desarrollo de su propia producción nacional de habanos. A todo esto se sumó el beneficio de los bajos aranceles para la importación de la materia prima destinada a la elaboración de cigarros, así como los bajos salarios pagados a los cubanos y a otros trabajadores emigrantes que laboraban en la industria.


El primer gran productor que trasladó su fábrica y empleados fue el español Vicente Martínez Ybor, quien comenzó a elaborar habanos en Cayo Hueso bajo su marca "Príncipe de Gales", en honor al futuro Eduardo VII de Inglaterra, un fumador famoso. Otros fabricantes siguieron los pasos de Martínez Ybor. Aproximadamente 45 tabaquerías ya estaban operando para 1875 con 14,000 empleados, de los cuales la gran mayoría eran cubanos. Elaboraban 24 millones de habanos al año para el mercado de los Estados Unidos, una cifra que aumentó a su nivel más alto en 1890, año en que se fabricaron 100 millones de habanos en unas 130 tabaquerías. Después de 1890, la producción comenzó a declinar.


La cultura compartida del tabaco generó un proceso de intercambio étnico y sociocultural de la mayor importancia: con la mayoría de su población de origen cubano, la ciudad de la Florida adquirió un carácter latino cubano que, aunque un tanto disminuido, todavía se conserva hoy en día.


Datos estadísticos demuestran que, durante las últimas décadas del siglo XIX, la comunidad residente en Cayo Hueso disfrutó del ingreso per cápita más alto de los Estados Unidos. La distribución de la riqueza debe de haber sido muy desigual, puesto que los salarios de los trabajadores en la industria del tabaco siempre estuvieron por debajo de su rendimiento económico.


Cayo Hueso y la industria del tabaco prosperaron durante más de una década, pero en la década de 1880 comenzaron a aparecer signos preocupantes de deterioro debido, entre otras causas, a las demandas no satisfechas de los trabajadores. Estas reclamaciones provocaron una sucesión de huelgas y enfrentamientos entre el capital y el trabajo, así como el deseo por parte de algunos de los principales productores de expandir la industria. Esta expansión se vio obstaculizada por la ausencia de agua potable en Cayo Hueso y la falta de comunicaciones terrestres con el continente, así como por la proximidad de la isla de Cuba, la cual era una fuente de inestabilidad laboral debido a las frecuentes visitas de muchos trabajadores desde Cayo Hueso. Esta situación impulsó a un grupo de fabricantes hacia Tampa, que en aquel entonces era un pequeño asentamiento que contaba con las ventajas de un mejor sistema de transporte. Los barcos, además del ferrocarril, y ciertos beneficios otorgados por las autoridades a los industriales —incluyendo incluso el uso de la policía local en caso de disturbios laborales— convirtieron a Tampa en una opción muy atractiva para los productores.


Una vez más, Martínez Ybor fue pionero en avanzar con su empresa y en prometer a sus trabajadores ciertas ventajas, tales como vivienda y un grado de participación en las ganancias mediante bonificaciones. Otros productores también otorgaron estos nuevos beneficios, los cuales ya tenían cierto precedente en Cayo Hueso. Tales prácticas, una vez consolidadas, fueron la génesis de Ybor City, el hermoso orgullo de Tampa, con su cautivadora arquitectura, su encantador entorno y su historia. En mayo de 1886, alrededor de 200 tabaqueros cubanos llegaron a Tampa por barco, procedentes de Cayo Hueso y de La Habana. Al final del año, la cifra ascendía a 3,000 trabajadores cubanos y españoles. En 1934, la población de Ybor City superó a la de Cayo Hueso, alcanzando los 30,000 habitantes, compuestos por tres grupos principales de inmigrantes: cubanos, españoles e italianos. Al igual que en el caso de Cayo Hueso, infundieron en esta ciudad un fuerte y distintivo carácter latino.


Durante muchos años, compartiendo familias y cargas, las historias de Cuba, Cayo Hueso y Tampa estuvieron estrecha e inevitablemente entrelazadas. El conflicto colonial en la isla se había intensificado cuando estalló nuevamente la guerra contra España en 1895, la cual culminó en 1898 cuando los Estados Unidos intervinieron utilizando como pretexto la explosión interna y el posterior hundimiento del crucero acorazado Maine en la bahía de La Habana. Esto condujo a la primera ocupación militar de Cuba, entre 1898 y 1902, por parte del poderoso país del Norte. En 1902, a Cuba se le concedió una independencia que quedó constitucionalmente gravada por enmiendas y por otras medidas legales impuestas por el creciente proceso de dominación imperial ejercido por los Estados Unidos.


El contexto del proteccionismo en los Estados Unidos alcanzó su nivel más alto hacia 1890, con un grave impacto adicional en la industria tabacalera cubana. Estos son los años en los que James Duke, el socio principal de Duke Sons and Company, obtuvo más del 90% del mercado de cigarrillos en los Estados Unidos como resultado de su ventajosa máquina Bonsack. Además, se benefició de un aumento aún mayor de los aranceles de importación sobre las exportaciones cubanas, incluyendo el tabaco en rama.


A principios del siglo XX, la American Tobacco Company asumió el control de unas 20 fábricas en La Habana bajo los auspicios de la American Cigar Company y, posteriormente, bajo la Habana Tobacco Company, que más tarde se convirtió en Cuban Tobacco. De este modo, obtuvo la dominación total de la parte manufacturera del negocio multimillonario del tabaco: un imperio de facto que la Ley Antitrust Sherman (1890) apenas logró debilitar o que simplemente afectó en la forma y no en su esencia, debido al estatus de dependencia de Cuba.


La alta densidad de cubanos entre la población de Cayo Hueso durante las últimas décadas del siglo XIX engendró otro efecto que no debe pasarse por alto: su participación activa (e incluso decisiva en algunos casos) en el proceso de independencia que se desarrollaba en su patria. Esto es especialmente cierto con respecto a las actividades de recaudación de fondos para el apoyo y desarrollo del movimiento independentista, y para la organización y el posible envío de expediciones. Durante años, estas expediciones recibieron apoyo regular, lo que llevó a que el gobierno de los Estados Unidos las catalogara como "empresas filibusteras", es decir, ilegales y prohibidas.


Este otro lado de la historia de los vínculos entre Cuba y Cayo Hueso no es ajeno a la disputa entre el norte y el sur que llevó a los Estados Unidos a una devastadora Guerra Civil entre 1861 y 1865. El Norte había abolido la esclavitud por sus propios intereses, mientras que los estados del sur habían intentado añadir a Cuba como otro estado esclavista a su servicio.


A principios de la década de 1850, dos expediciones partieron del sur de los Estados Unidos precisamente con ese propósito, encabezadas por el general venezolano Narciso López. Ambas fracasaron y López fue capturado y ejecutado en La Habana en 1852. Muchos norteamericanos participaron en aquellas expediciones, entre ellos el señor Quitman, gobernador de Mississippi.


La victoria del Norte en la Guerra Civil provocó cambios en la estrategia de expansión territorial de los Estados Unidos, manteniendo a la isla de Cuba como un codiciado objetivo. Se adoptó una política denominada de "la espera paciente" la cual, como se mencionó anteriormente, resultó temporalmente eficaz durante los acontecimientos que aceleraron los años de la transición cubana entre los siglos XIX y XX.


Al planificar expediciones para apoyar la insurgencia en la Isla y los esfuerzos clandestinos bajo la mirada vigilante de las autoridades de los Estados Unidos en Cayo Hueso y su conveniente Base Naval allí, los cubanos confiaron en su voluntad constante de soportar sacrificios económicos, así como de ofrecer sus vidas por la causa de una Cuba Libre. También contaron con sus propias organizaciones, numerosos clubes patrióticos, como el glorioso Club San Carlos, donde se preservaba el sentimiento patriótico.

Asimismo, se apoyaron en los colonos locales y fueron respaldados por las persuasivas visitas de los héroes más destacados de la causa revolucionaria en la Cuba del siglo XIX: hombres de la estatura de Serafín Sánchez, Ramón Leocadio y José Dolores Poyo —todos ellos patriotas locales—, así como Máximo Gómez, Antonio Maceo y José Martí, visitantes apasionados que infundieron valor recorriendo clubes, hogares privados y tabaquerías.


A pesar de que España controlaba los mares, especialmente por haber adquirido en 1870 unos 30 cañoneros fabricados en los Estados Unidos, durante la Guerra de los Diez Años se organizaron numerosas expediciones en Cayo Hueso. Incluso cuando estas expediciones no podían partir de su bahía, se intentaba zarpar desde otros lugares como Nassau, Jamaica y otras islas, con gran riesgo e incertidumbre.

Esa fue la esencia de la situación hasta 1898: en las últimas etapas de la guerra, las expediciones más notorias partieron de diversos lugares en embarcaciones como The Three Friends, The Dauntless y The Laurada. A pesar de la Ley de Neutralidad norteamericana, del gran número de espías de España que operaban en Cayo Hueso, de la vigilancia de la Guardia Costera de los Estados Unidos y de las incesantes protestas y denuncias oficiales del gobierno español, la audaz organización y el atrevido envío de expediciones —con Cayo Hueso como uno de los sitios centrales esenciales— se mantuvieron inquebrantablemente contra viento y marea. Estas persistentes actividades unieron una vez más las historias de los Estados Unidos y Cuba, junto con una unidad en la manufactura y otras actividades en Cuba, particularmente en La Habana, y sus ciudades hermanas en el Norte: Cayo Hueso y Tampa.


Tras una visita en busca de apoyo revolucionario en mayo de 1894, José Martí escribió a su amigo Gonzalo de Quesada sobre el Cayo Hueso de los cubanos:


"Del Cayo no tengo palabras que decirle, ni los periódicos pueden decirlo. He conocido a la porción asentada: los dejé solos cuando la camarilla esperaba que yo reanudara la guerra: el cielo parecía —como de acero inflamado— por el resplandor de sus almas. 'Toco la lírica', como dicen en México, muy pocas veces; pero —en nuestra más profunda intimidad— debo hacer justicia a esa grandeza legítima".


"Tocar la lírica" equivale en México a sentir una profunda emoción por algo grande y conmovedor, como la mejor poesía o la mejor canción. Esta profunda emoción es lo que Martí consideraba el equivalente de su convivencia con los tabaqueros cubanos en Cayo Hueso, a donde llegó desde Tampa por primera vez, enfermo, a finales de diciembre de 1891. A los pocos días, ya en enero de 1892, presidió una reunión con destacados miembros de diferentes asociaciones cubanas y presentó para su aprobación las bases constitucionales del Partido Revolucionario Cubano (PRC), el cual presidió más tarde como su Delegado.

La aprobación definitiva de las Bases y Estatutos del Partido, cuyos objetivos eran lograr la independencia de Cuba y fomentar la de Puerto Rico, fue alcanzada por la totalidad de las asociaciones cubanas de Cayo Hueso, Tampa y Nueva York el 10 de abril de 1892.


Hubo días en Cayo Hueso en los que Martí habló hasta cinco veces: en fábricas de tabaco, clubes sociales y reuniones; en los claustros de instituciones como el Instituto San Carlos, o desde la terraza de la casa —también histórica hoy en día— del noble patriota cubano Teodoro Pérez, dueño de una de las tabaquerías.

Para los cubanos que vivían en Cayo Hueso, también llamado "el peñón", los discursos fueron una revelación, así como una demostración de maestría expresiva y de puro patriotismo. En ocasiones, en aquellas actividades que se repitieron en los años subsiguientes, hubo mujeres que se desprendieron de las pocas joyas de su humilde existencia y las entregaron para recaudar los fondos necesarios para la gran meta común de una isla de Cuba libre. Los emigrados de Cayo Hueso eran, según el Apóstol, "los que nunca han dejado apagar el fuego en sus altares".


Esta relación inconmensurable entre Cayo Hueso y Cuba —como se puede confirmar demográfica, económica, política y culturalmente— ha sido de una intensidad constante aunque irregular. Su período de mayor prominencia comprendió los años que hemos repasado, marcados por la emigración de los tabaqueros cubanos y de su industria desde la Isla hacia el territorio más cercano de los Estados Unidos.


Su declive comenzó cuando una parte importante de la industria y de las familias empezó a trasladarse a Tampa, iniciando así un proceso mediante el cual el Cayo floridano perdió su antigua vitalidad y riqueza. En la década de 1920, Cayo Hueso ya era una sombra de lo que había sido, con una población disminuida, numerosos edificios abandonados y un centro comercial desierto. Este fue el resultado de un proceso inverso al del florecimiento de las tabaquerías, del cual solo logró recuperarse cuando se convirtió en el importante centro turístico que es hoy en día. Dicha recuperación tuvo lugar después de la Gran Depresión de principios de la década de 1930, bajo la política de fomento de la administración Roosevelt y financiada por la famosa Administración de Socorro de Emergencia de la Florida (F.E.R.A.). Mientras tanto, desde muchos años antes, Cuba había entrado en una crisis permanente que se extendería por décadas.



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