
A una escala menor que la de la capital, aunque no menos interesante para los urbanistas y estudiantes de arquitectura de la Cuba colonial, la antigua Villa de Trinidad puede considerarse complementaria a La Habana por varias razones.
Mientras que La Habana es principalmente un enclave portuario y cosmopolita, Trinidad (también llamada Trinidad de Cuba) añade un encanto rural a sus atractivos urbanos. Se encuentra situada entre el Mar Caribe y las montañas del Escambray, junto al Valle de San Luis, uno de los valles más hermosos de la isla. Trinidad es una ciudad de estructuras que se remontan a los antiguos latifundios esclavistas; un pueblo y una campiña llenos de riqueza patrimonial.
La privilegiada ciudad de Trinidad ofrece la variedad de una villa colonial, valle, montaña, playas e incluso cuevas y ríos —como el Agabama— con leyendas que se remontan a tiempos prehispánicos. Hernán Cortés ancló sus naves cerca del pueblo mientras se dirigía al drama dorado de la conquista de México.
Trinidad posee edificios que datan del siglo XVII. Los barrios antiguos conocidos como "la parte alta", con sus calles retorcidas y empedradas, sus plazas y parques, alcanzaron su mayor honor cuando la UNESCO la declaró "Patrimonio de la Humanidad". Durante las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, Cuba emergía de su letargo colonial de más de dos siglos para integrarse al mercado mundial y a la prosperidad económica del siglo XIX a través de la producción de café y, sobre todo, de azúcar, lo que condujo a una opulencia construida sobre la miseria y la degradación humana de los esclavos africanos.
Mientras que La Habana fue capaz de capitalizar dicho "boom" durante el siglo XIX hasta la actualidad, Trinidad sufrió la parálisis de la recesión económica, un retroceso urbano que ya era evidente hacia la década de 1830. La geografía fue el factor determinante, al ofrecer posibilidades limitadas para la expansión agrícola, dado que Trinidad se encontraba encerrada entre las montañas y el mar. Las plantaciones de caña requerían cada vez más tierras vírgenes, y estas escaseaban en Trinidad, mientras abundaban en otras partes del país donde se fomentaban nuevos asentamientos, como Cienfuegos o Sagua La Grande.
Mucho capital, junto con familias y esclavos, emigró de Trinidad y estimuló nuevas fuentes de riqueza en otros territorios. Trinidad, por tanto, permaneció casi como una ciudad fantasma, con calles desiertas y palacios en un lamentable estado de deterioro. Esa fue su condición hasta días relativamente recientes, cuando intereses modernos (económicos, sociales, culturales y arquitectónicos) "descubrieron" la villa. Sus tesoros urbanos y la belleza natural de su entorno geográfico han atraído nuevas y prometedoras inversiones que han restaurado y revitalizado el preciado legado del pasado colonial trinitario. Dado que su arquitectura básica fue erigida entre los siglos XVIII y XIX, el estilo responde al barroco colonial cubano con su transición al estilo neoclásico.
A diferencia de La Habana y otras ciudades cubanas importantes, Trinidad no cuenta con construcciones militares impresionantes, pero sí posee edificios religiosos, iglesias y conventos, así como residencias privadas que se han convertido en museos y símbolos del poder, el lujo y el refinamiento que caracterizaron a sus primeros propietarios. Los palacios pertenecientes a los Condes de la Casa Brunet y a la familia Iznaga destacan por sus rasgos barrocos. El palacio de la familia Cantero ejemplifica el estilo neoclásico entre otras estructuras circundantes en las irregulares y tortuosas calles de la "parte alta", la Trinidad que escala hacia las colinas del Escambray.
Esas residencias, al igual que sus similares en la capital, en Sancti Spíritus, en Puerto Príncipe y en Santiago de Cuba, se construyeron alrededor de patios interiores, accesibles a través de galerías y arquerías de piedra o mediante colgadizos de madera cubiertos por tejas españolas. Vista desde lo alto, el rojo es el color que domina el paisaje de Trinidad. Los techos de vertiente y azoteas se ven interrumpidos ocasionalmente por el verdor de la vegetación que aporta frescura y sombra a los patios, plazas y parques. Al igual que La Habana, Trinidad ha logrado preservar su pasado histórico en su atmósfera y en su gente, transformados en cultura por un ritmo pausado de tregua y evocación.
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